Marcelo Rizzi
De “Los saberes esenciales" (inédito)
MARCELO RIZZI nació en Rosario en 1961.
Estudió Historia y Filosofía en la UNR. Es poeta, traductor, diseñador gráfico y gestor cultural.
Tiene publicado El comienzo oblicuo de todo desorden (Barcelona, 2001), Sinopie (Mar del Plata, 2003), Casa incompleta (Rosario, 2°premio concurso Felipe Aldana de la Editorial Municipal de Rosario, 2007; jurados: Héctor Píccoli, Sergio Cueto, Sergio Raimondi), La isla de los perros (Córdoba, 2009), La destrucción (e-book, poesíaargentina.com, 2015).
Ha sido traducido al inglés y al italiano. Tiene publicados poemas en el Diario de Poesía, Hablar de Poesía y también en revistas de España, Chile y México.
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De la serie "Madame Bovary soy yo" de Sylvana Lobo
Se nos dice que la única muralla es la muralla del río, y que es saludable otorgarse para sí pequeños dioses tutelares, pero como si fuesen ofrendas que una vez recibidas se las rechaza por saberlas un fruto robado. Se nos dice además que ya no es posible escapar de la ciudad sitiada, que sólo hay intemperie dentro de la casa, que es creíble que la herrumbre ya haya comenzado, a hacerse polvo el racimo, a coagularse otra nube en la ventana.
Nada sabemos del acontecimiento que está cumpliéndose a nuestro alrededor. Si nuestra ausencia conviene al conjunto de los hechos que vendrán, si para otros será final o apenas recomienzo. Desconocer ciertos asuntos es otra forma de conocer o recordar, dice el maestro – conjeturas junto al fuego: si esos animales que pastan con nosotros responderán con un simple chasquido de los dedos, si ellos también algún día tendrán sed de estrellas o hambre de comunidad, si jugarán con monedas pequeñas o esferillas de vidrio para mantener los músculos en acción, la boca cerrada, la cabeza en su lugar.
Cualquier lugar es siempre hacia donde se viaja, excepto en aquellas ocasiones en que uno no puede bajarse de la hamaca –desde donde observa la mendacidad del mundo, respira del polvo matinal su versión más profana. Lúcida experiencia de seguir avanzando de sentado y retrocediendo en el tiempo. Beatitud extrema del pájaro y del santo, disolución perfecta de la nube en la mañana.
Cuentan los frutos caídos del nogal; primero allí, bajo los párpados; luego, donde los dedos recogen lo aceptado sin preguntar; cada uno a su manera porta en su morral la sobra que lo nombra; desde la ola marina a la oquedad del cerrojo todo se lo debemos a lo que nunca leímos, al grito inaudito del cordero, al pájaro que rápidamente lo emprende y al que para siempre demora su vuelo.
Chile y México.